miércoles, 8 de julio de 2015

Mi Camino Francés 2015, a pie.

Casi todo el que me conoce, sabía que esta aventura de hacer "solo, con mi mochila y a pie", el Camino de Santiago desde Francia: Saint Jean Pied de Port a Santiago de Compostela, era un proyecto personal, ansiado y aparcado para cuando me jubilara o jubilase.
En el Monte do Gozo, la puerta de Santiago de Compostela
Llegó el momento, y como tantas otras veces en mi vida, he tenido la gran dicha de ver hecha realidad una ilusión, con la gratificación y recompensa doble, por un lado, la de comprobar como un plan te sale adelante de forma sobresaliente en todos los aspectos, salud y estado mental y físico, y por otro lado, el sentir que he recopilado un cúmulo de sensaciones, experiencias, vivencias y recuerdos que para mí solamente quedan y que tienen el sello de irrepetibles.
Por otra parte, en mi interior sé sobradamente que, más tarde o temprano, si Dios quiere, volveré al Camino, puesto que, al menos para mí, su llamada es irresistible. Sé también, que nunca ha habido ni habrá dos Caminos iguales (van 7), ya que jamás se muestra igual, porque sus mil caras y paisajes se adaptan a la persona y a sus circunstancias y ahí está su grandeza y su ilusionante mágico poder de atracción.

Ahora que me dispongo a hacer reseña de tan magno acontecimiento, me doy cuenta de que narrar o describir lo vivido en más de 800 kms, durante 30 días, es algo harto difícil y complicado, por lo que he optado por resumir en tablas de datos y en montajes fotográficos toda la información que tengo y he obtenido del Camino, dedicándome más tranquila y reposadamente a contar mis sentimientos y vivencias con otros peregrinos y peregrinas, protagonistas auténticos de mi experiencia y muestra palpable de que "nunca jamás he estado solo" aunque saliera de mi casa en soledad y haya caminado conmigo mismo cuando así lo he deseado o necesitado.

Poco a poco, tranquilamente, os contaré, en este nuestro blog, a modo de crónicas sobre:
  1. Los formidables peregrinos toledanos, mis inolvidables amigos: Antonio, Miguel y Vicente.
  2. El pequeño-gran peregrino, el maño Onésimo.
  3. Japoneses y Coreanos del Sur en el Camino.
  4. El superperegrino y mago del Camino: Tomy, conocido en Hontanas.
  5. Albergues y Hospitaleros y Hospitaleras. 
  6. Los peregrinos-mendigos.
  7. La Mujer en el Camino.
  8. La impresionante etapa del Camino más profundo y solitario: Triacastela - Samos - Sarria.
  9. Los últimos 100 kms.
  10. Mis fundidas botas ocupando un lugar de honor en el Camino: el Monte do Gozo.
Y nada más, únicamente me queda animaros a hacerlo entero o en parte, pero eso si, viviéndolo en su total intensidad, sin trucos de turista, ni recortes que desmontan la autenticidad del Camino. Para sentir el Camino hay que sufrirlo, hay que vivirlo pisada a pisada, tal y como le toque mostrarse.

Si necesitáis consejo, ya sabéis donde encontrarme.
El Camino llama y hay que responder.
Te espera pacientemente a que vayas hacia Él.

Recorrido de mi Camino - Track descargable:


Datos del Camino - Para todos aquellos que se animen a la aventura de hacerlo desde el punto que estimen conveniente:


Fotos del Camino  realizadas por peregrinos de forma compartida y con diferentes medios:

martes, 7 de julio de 2015

Crónicas del Camino Francés 2015 - y 10: Mis fundidas botas ocupando un lugar de honor en el Camino: el Monte do Gozo.

Para terminar esta serie de entradas que he llamado Crónicas del Camino Francés 2015, no quiero dejar de hacerlo sin dedicarle unas palabras a un objeto entrañable: mis fundidas botas, que me acompañaron en todas y cada una de las pisadas desde el principio hasta el momento en que decidí que ya habían dado de sí todo lo que tenían que dar.


Llevaría un tercio del Camino cuando me dí cuenta de que la suela de mis botas, por la parte del talón, empezaba a despellejarse y a levantarse la capa más exterior.
"Veremos a ver si aguantan y no me dejan tirado", me dije al ver el daño.

Y efectivamente, cada vez más desgastadas, más rotas, han aguantado como unas campeonas y malheridas y todo, me pusieron en las puertas de Santiago después de hacer más de 800 kms., y los que ya tenían de antes.

Han sido unas fieles y leales compañeras, por eso me dolía pensar que iban a acabar en un contenedor de la basura. Sinceramente no se lo merecían.

Botas abandonadas por peregrinos en el Camino
A lo largo del Camino es frecuente ver que muchos peregrinos dejan sus botas rotas, desgastadas y sufridas en lugares diversos, lo cual me dió pie a pensar que las mías se merecían más que ningunas otras botas, el mérito de descansar en un sitio de honor, que para eso me habían llevado y traído por tantos caminos y veredas.
Y qué mejor lugar que las puertas de Santiago de Compostela, en el Monte do Gozo, junto al monumento, retiradas del bullicio de los peregrinos, colgadas a distancia en un cercano arbolillo, para contemplar sin molestar a todos lo que por allí se acercan, como a mi me gusta, discretamente ver sin ser visto.
Se merecían ese homenaje y de alguna forma pensaba también que quedaran como mudo testigo de todo lo malo y bueno vivido a lo largo de mi Camino.
En el fondo, sé que el Camino volverá a efectuar su llamada y cuando vuelva sería bonito el reencuentro con ellas.
Es un deseo oculto en el profundo subconsciente, un sentimiento de encontrarlas a la vuelta.

Mis fundidas botas en el arbolillo del Monte do Gozo, ¿esperando la vuelta?
Aquí os dejo un vídeo e imágenes de tan emotivo momento.



Crónicas del Camino Francés 2015 - 9: Los últimos kms a Santiago


Todo tiene un principio y un final.
El Camino también, aunque realmente el Camino jamás termina.
La diferencia está en que uno es parte de un Camino que se renueva en sus peregrinos ya que constantemente hay alguien que está recorriéndolo sea la hora que sea, en cualquier época del año, por lo cual, el Camino en si continúa su existencia en el ser de otros peregrinos.

Hace ya algunos Caminos acuñé una frase a modo de pensamiento que resume el trasfondo de las afirmaciones anteriores: "Seguir huellas ancestrales abruma y pacifica a un tiempo."
Cuando empiezas a pedalear o a andar en un Camino, personalmente me invade una sensación de vértigo agobiante, mezcla de miedo e incertidumbre por lo que podrá pasar o por lo que tenga que venir, aunque al poco tiempo el pensar que el Camino ha sido, es y será recorrido por miles y miles de peregrinos, me genera tranquilidad y me pacifica el espíritu temeroso e inquieto.


En esta ocasión, llegar a Sarria para mí significó el sentir Santiago cerca, la meta a mano, a pesar de que aún faltan más de 100 kms. Comparar lo andado con lo que queda es lo que amplifica esa sensación de cercanía.
Fueron unas etapas tranquilas, reposadas, con buen tiempo, también ya conocidas de otras veces, lo que me permitió disfrutarlas intensamente y paladear las pisadas como algo exquisito.

Estos tramos finales me permitieron acercarme a peregrinos veteranos que habían venido acompañando mi caminar durante mucho tiempo y kilómetros, de modo que éramos, a estas alturas, como una familia.
Es el caso de la pareja de jóvenes Pablo y José María, así como los no tan jóvenes Rosa y Santiago de Sabiñánigo.

José María, Pablo, Santiago, Rosa y Luis
Pablo y José María, dos jóvenes llenos de gran vitalidad son totalmente diferentes. Pablo bajito, rubio y fornido, charlatán, nervioso y extrovertido. José María alto, moreno, espigado, fibroso, callado, tímido e introvertido. Vamos la complementaria pareja perfecta. Se llevaban divinamente, aunque la voz cantante siempre la llevaba Pablo, al menos aparentemente.
Con quien más hablé y quien más cosas me contó de su vida y milagros, fué Pablo, ya que José María, llevado por su timidez apenas abría la boca.
No tengo claro en cuál de las últimas etapas fue cuando delante de nosotros encontramos a la simpar pareja, con un Pablo totalmente nervioso y a trompicones nos preguntaba que si habíamos visto su cartera, que la había perdido con todo el dinero, documentación y tarjetas. Vamos un auténtico desastre. El pobre no sabía que hacer ni a donde acudir, agobiado e indeciso. La verdad es que la situación era bastante problemática.
Recordaba que la última vez la había usado fue para pagar en un bar del Camino y que hasta el momento no la había echado de menos.
Pensamos en la Guardia Civil, llamar al bar y al final optó por lo más sensato, dejarnos su mochilona y volver atrás dispuesto a llegar a la carrera al bar e ir preguntando a los peregrinos. La situación era bastante agobiante para todos.
Nos dispusimos a esperar su vuelta junto a la mochila a la vez que a preguntar a todo el que pasaba, cuando transcurridos unos minutos vi volver a Pablo corriendo a toda prisa, con la cara iluminada y la cartera en la mano:
- ¡La he encontrado! ¡La tengo!
Una alegría indescriptible nos invadió a todos, ya que parecía que la cartera se nos había perdido a cada uno de nosotros. Nos abrazamos incrédulos de la suerte que había tenido y es que el mal rato había sido de aúpa.
Resulta que por despiste había dejado abierta la cremallera del bolsillo superior de la mochila en donde tenía por costumbre guardar la cartera y que simplemente con los movimientos del andar, se salió y cayó rodando a una pequeña acequia junto al Camino.
Por suerte, Santiago puso a una peregrina japonesa en el lugar preciso y vio todo el proceso. Ella empezó a llamar a Pablo para avisarle, pero sus gritos en japonés se ve que no llegaron a buen puerto y los colegas continuaron la marcha.
La buena mujer, seguro que a instancia del apóstol, buscó y guardó la cartera, para devolverla a su preocupado dueño en cuanto lo encontró corriendo como un descosido, de tal forma que a partir de ese instante el amigo Pablo empezó a creer algo más en los milagros como nos sucedió a todos.
Cuantos abrazos nos dimos, qué alegría tan grande sentimos.
Ellos siguieron su Camino y volví a verlos en el albergue de Pedrouso y en Monte do Gozo, después ya no nos vimos más.

Rosa y Santiago fueron los peregrinos con los que llegué a la meta del Camino.
La pareja de peregrinos de Sabiñánigo, Rosa y Santiago, fueron los peregrinos con los que caminé hasta el final, con los que llegué al Obradoiro en Santiago, con los que fuí a abrazar al Apóstol y a visitar su tumba, de tal forma que eso crea conexión y vínculo, sin olvidar el gran almuerzo en Casa Manuel y el reposado café en Plaza Quintana. Rosa y Santiago también me acompañaron hasta la Estación de Autobuses, en donde nos dimos el abrazo final de despedida y es que la separación costaba trabajo. 
Nos habíamos ido encontrando en multitud de albergues y de lugares, nos saludábamos y nos conocíamos, hablábamos con bastante asiduidad, pero fue en estás últimas etapas en donde llegamos a andar más rato juntos y por ende a conocernos y a compenetrarnos mejor.
Una pareja entrañable con la que llegué a conectar estupendamente y con la que se han creado unos lazos de amistad que sin duda nos permitirán el reencuentro sea donde sea: Sabiñánigo o Villanueva Mesía. Seguro que sí.

Y termino esta entrada mandando al Camino un fuerte abrazo fraternal y afectuoso, a todos y cada uno de los peregrinos con los que de una forma u otra conviví en estos inolvidables 30 días, en el convencimiento de que ellos forman parte de la experiencia personal que he tenido la suerte de vivir. 
Seguro que el tiempo irá desdibujando las caras, los nombres, las personas, pero yo al menos he procurado con todas estas entradas en mi blog dejar mis recuerdos a buen recaudo. 
Cuando necesite recordar, siempre tendré un lugar a dónde recurrir.



Por siempre y para siempre: ¡Buen Camino!

Crónicas del Camino Francés 2015 - 8: La impresionante etapa del Camino más profundo y solitario: Triacastela - Samos - Sarria.

Todos me habían aconsejado que hiciera la etapa de Triacastela a Sarria por la alternativa que va por Samos y no solamente por el gran interés de la visita al monumental monasterio, sino porque el trayecto pasaba por parajes y lugares de gran belleza.
Hice caso de los insistentes amistosos consejos y aunque suponía algunos kilómetros más, desde el principio he de reconocer que bien valió la pena el esfuerzo.
Triacastela en el centro del valle del rio Oribio o de Sarria
Después de la bajada de Ocebreiro se llega a la población de Triacastela, la que descansa en el valle por el que transcurre el rio Sarria al pie del monte Oribio.

Desde Triacastela se nos ofrecen dos alternativas para ir a Sarria. Yo elijo la más larga, la que va por Samos.
Con toda la ilusión del mundo puesta en esta etapa que se presentaba como espectacular, madrugué bastante para bien tempranito empezar a salir de Triacastela que se encontraba todavía adormecida e iluminada por la luz de las farolas. Las claras del día iban abriéndose paso a estas primeras horas de la mañana, mostrando un cielo muy nublado y amenazante de lluvia.

Triacastela, adormecida antes del amanecer
A la salida de Triacastela encuentro el mojón típico del Camino que señala las dos alternativas existentes para ir a Sarria. Si tomamos a la derecha por San Xil, tenemos un recorrido de poco más de 18 kms, mientras que si nos decantamos por el de la izquierda, haremos un rodeo que nos lleva hasta el monasterio benedictino de Samos para cerrar círculo y llegar a Sarria en un trayecto de algo más de 24 kms. En este caso, insisto que bien vale decir que el esfuerzo tiene sobrada recompensa.

¡ A decidir toca!
Entre la hora que era y lo nublado que estaba, los primeros kilómetros en soledad, sin ningún peregrino a la vista, por un estrecho camino de tierra pegado a la carretera LU-633, se me hacen eternos e impresionantes. Parecía como si me estuviera saliendo del Camino trillado de las rutas de manual y me adentrara en un mundo nuevo totalmente desconocido. Menos mal que las fieles flechas amarillas no dejaron de estar presentes y aportaron tranquilidad y seguridad de que el itinerario que llevaba era el correcto.
De repente, en el horizonte que ofrecía la serpenteante carretera junto a la que iba el Camino, aparecen las siluetas apenas iluminadas de dos peregrinos que se me antojaron conocidos rápidamente: el gran Tomo y la pequeña Haruna, con el andar peculiar de la gran zancada relajada de Tomo y los dos pasitos nerviosos de Haruna. Retuve el paso para mantener la distancia y disfrutar de su compañía en soledad. Palabras contrarias estas de compañía en soledad que en estos instantes alcanzaban un completo sentido. De pronto, Tomo empezó a cantar voz en cuello y el escuchar aquellos humanos sones japoneses me relajó y puso paz en mi espíritu. La luz del amanecer era cada vez mayor y los temores de la oscura mañana habían desaparecido totalmente.
Al llegar a la primera población de San Cristovo do Real a unos 4 kms de Triacastela, los japoneses se quedan en un bar junto a la carretera. En este punto, el camino gira a la derecha abandonando el asfalto y adentrándose en hermosos bosques salvajes, espesos, densos e impenetrables con el rio Sarria como hilo conductor.
El Camino se mostró a partir de este momento en toda su espectacular belleza, bosques inmensos de castaños, hayas y nogales. Fértiles vegas junto a diminutas poblaciones de piedra que crecen en torno a románicas y ancestrales iglesias. Ni un alma a esas horas. El arrullo del agua, el cantar de los pájaros y el olor a tierra húmeda me hicieron disfrutar del Camino como no lo había hecho hasta ahora. Me sentí el hombre más privilegiado del mundo.

Molino de agua junto al rio Sarria
El Camino cruza repetidas veces de un lado a otro del rio, para finalmente subir y abrirse en el valle en el que descansa el Monasterio Benedictino de Samos que aparece a vista de pájaro, como por sorpresa y arte de magia. ¡Qué momento tan especial es este de ver a los pies el ansiado edificio junto a la población de Samos!

Aparición a vista de pájaro del Monasterio de Samos.
Un fuerte descenso hasta el valle me pone al frente del monasterio al que despacio me acerco para conocerlo y sentir a flor de piel la antigua esencia que sus viejas piedras emanan. 
Un monje benedictino sella mi credencial, algo que me produce una especial sensación e ilusión.

Llegando al Monasterio Benedictino de Samos
Luego de la obligada visita a tan insigne sitio, el Camino atraviesa la población de Samos y sigue por el lado izquierdo unos cuantos kilómetros junto a la mencionada carretera LU-633, para  pronto abandonarla cruzando a la derecha en una fuerte pendiente que más tarde se suaviza y de ese modo me introduce por un entramado de pistas y carriles unas veces asfaltados y otras de tierra. Son recónditos lugares en los que se nota la naturaleza salvaje y primigenia mostrada en todo su esplendor y en las que es fácil fundirse con inmensos árboles milenarios que crecen entre frondosas praderas de helechos bañadas de cantarines riachuelos abiertos a remansos de agua, ocultos y oscuros llenos de los gorjeos de invisibles pájaros que ponen el contrapunto sonoro a la jornada. Atravieso un rosario de despobladas poblaciones de piedra, con abundantes praderas moteadas de tranquilas vacas que pacen con una envidiable paz. Avanzo sin perder nunca de vista a mis queridas amigas las flechas amarillas, ya que sin ellas no sabría que hacer ni por donde seguir estando perdido irremisiblemente.

Oigo voces y después de superar una curva me encuentro con dos hombres que brocha en ristre y pintura amarilla en lata, pintan y repitan flechas amarillas. Se trata de dos hospitaleros del Albergue de Peregrinos de Samos pertenecientes a la Asociación de Amigos del Camino. Paro para conversar con ellos y les comento la hermosa labor que hacen, esa de pintar flechas para guiar a los peregrinos, cosa que inmediatamente agradecen sobremanera. 
¡Qué bien si en nuestra vida diaria pudiéramos contar con flechas amarillas que nos guiaran cuando estamos desorientados! 
Bosque encantado, denso y espeso
Finalmente, se sube por un carril asfaltado hasta conectar con el tramo que viene de Triacastela por San Xil y pronto empiezan a oírse, en la lejanía, las conversaciones de los peregrinos que por él circulan, lo que me produce la extraña sensación de despertar y a la vez de haber soñado en otro mundo diferente en el que el hombre no es el protagonista, sino otros seres más vitales, antiguos y arcaicos, en los que el agua, la tierra y el sol son los grandes señores.

Jamás olvidaré lo vivido y más aún sentido en esta especial etapa del Camino, que va de Triacastela a Sarria pasando por Samos.

lunes, 6 de julio de 2015

Crónicas del Camino Francés 2015 - 7: La Mujer en el Camino

Dicen que el mundo es de la mujeres y yo añado que el Camino de Santiago también. 

Estadísticamente la afirmación anterior no es cierta, pero a mi me lo parece, y con las oportunas salvedades, pues me animo a escribirla.  
Muy interesante es la web de la Oficina de Acogida del Peregrino de la Catedral de Santiago de Compostela que en este tema como en otros nos es de gran ayuda ofreciendo una gran cantidad de utilísima información y que podemos encontrar aquí>>> 



Me refiero en esta entrada a anónimas mujeres peregrinas que he encontrado haciendo el Camino y que por un motivo u otro me han llamado la atención y por ello, me animo a reservarles este espacio con la idea de que con el paso del tiempo no caigan en el olvido. 

Una de las etapas que me resultaron más duras, por su elevado número de kilómetros y la calor que hizo ese día, fue la de Carrión de los Condes a Sahagún, con casi 39 kms y 7 horas largas de Camino. Recuerdo que cuando llegamos al sombreado ambiente del Albergue de Peregrinos Municipal Cluny de Sahagún, ubicado en una antigua iglesia, no estaba la hospitalera, pero había un cartel que animaba a los peregrinos a coger sitio de forma que después se haría el trámite habitual. Después de colocar las cosas en la cama correspondiente, la ducha y colada, llegó la hora de preparar la comida del mediodía, y allí encontré a la peregrina catalana que estaba ya almorzando. Desde el primer instante nos ofreció todo lo que tenía, cosa que le agradecimos enormemente.
Esta mujer de casi 70 años, venía con su mochila y su banquetilla haciendo el Camino Francés en etapas cortitas de entre 10 a 12 kms. algo que sucedía desde varios años. Iba sellando su credencial en todos los sitos y tenía rellenados varios ejemplares, ya que al ser sus etapas cortas, sellaba en muchos sitios.
Contaba que cuando llegada la mitad de Mayo salía para el Camino, en el que permanecía un par de semanas más o menos y volvía a su casa y así sucesivamente seguiría hasta llegar a Santiago, su objetivo y ansiado final, de forma que nada ni nadie se lo impediría.
Entre risas, afirmaba que llegado el momento, aprovisionaba bien el frigorífico y le decía al marido que se iba al Camino y que él se apañara solo y que eso era lo que había.
Me dejó bastante sorprendido, ya que trasladar ese planteamiento a las mujeres de mi pueblo se me hacía harto difícil. Esta mujer era un caso único de claridad de ideas, fuerza, carácter, autonomía e independencia digno de ejemplo.


Fiorella, italiana, haciendo sola el Camino y de cierta edad.
En la misma línea anterior, os hablo ahora de Fiorella, una mujer más mayor aún, de edad imprecisable, pero seguro que entre 70 y 80 años por lo menos. La conocí en la etapa de Portomarín a Palas de Rei cuando la saludé con el familiar "Buen Camino", a la vez que escuchaba sus fuertes resoplidos en uno de los tramos en subida que tocaba superar. Ella me miró con una amplia sonrisa y yo le dije unas palabras de ánimo que fueron suficientes para entablar la típica conversación entre peregrinos. No hablaba español y en su idioma, que a medias yo entendía, me dijo que era italiana, nacida en Florencia. 
Era bastante simpática y vivaracha y su paso cansino y renqueante al rítmo del bordón, hizo que poco a poco se me fuera quedando atrás. Pensé que tenía un gran valor, el que una mujer de esa edad avanzada, extranjera, con su pesada mochila y sola se atreviera con esta aventura. La verdad es que de nuevo la comparé con otras mujeres similares conocidas por mí y no encontraba ninguna semejante. Conclusión, Fiorella es única. 
Grupo de peregrinos y peregrinos que más o menos caminábamos juntos al final del Camino
Al terminar la cuesta y empezar a llanear, Fiorella cogió rítmo y se puso a mi par, lo que le permitió seguir charlando intentando intercambiar información algo que la barrera del idioma ponía difícil. Le encantaba el arte como buena florentina y no dejaba de visitar toda iglesia, cruceiro y construcción que encontraba en su Camino. Llevaba un antiquísimo móvil con el que estaba empeñada en sacar fotos, cosa que no conseguía y que me entregaba para que yo investigara. En fin, momentos divertidos y simpáticos que quedan grabados del Camino.
La última vez que vi a Fiorella fue a la tarde, mientras yo paseaba por las calles de Palas de Rei, ella con su eterno bordón también iba paseando renqueante y cojeando más que nunca. No volví a verla más. 

No llego a recordar el nombre de esta peregrina de la que os hablo ahora. 
Mi mala cabeza me juega malas pasadas, pero para eso está la imaginación y la licencia que me da el hecho de escribir en este mi blog y, por ello, no me resisto a referirme a ella con el nombre de "la misteriosa peregrina de los bellos ojos azules".



La ví por primera vez en el albergue de Triacastela. Ese día había llegado muy temprano. Ya tenía colocadas mis cosas en su sitio junto a la cama y decidido hacer una buena colada a base de lavadora y secadora, de modo que me encontraba haciendo tiempo para la hora de la comida, descansando en el amplio salón que allí había, mientras estaba pendiente de las máquinas de lavar. 
Ella entró en el albergue con su abultada mochila, cojeando y con aspecto de venir muy, muy cansada. La noté también muy despistada y buscando con la mirada a la hospitalera que se había ausentado. Tenía en torno a los 30 años y sobre todo me llamaron la atención sus intensos y bellos ojos azules. Me acordé de Eva haciendo el Camino y me dispuse a echarle una mano. La animé a que se quitara la mochila y a que se sentara, ya que la hospitalera aparecería en cualquier momento y que no se preocupara por el alojamiento, ya que había plazas de sobra. Ella me lo agradeció sobremanera y activamos el protocolo de preguntas del peregrino, enterándome que había empezado su Camino en Ponferrada, que era bastante novata en esto de caminar y que iba aprendiendo sobre la marcha, de forma que esta etapa de Ocebreiro a Triacastela la había dejado prácticamente agotada. Me preguntó muchas cosas sobre el Camino y cada uno tiró para su lado. 
Después volví a charlar con ella durante la cena y le perdí la vista hasta que dos días después me la crucé en la Plaza Mayor de Portomarín. Tenía mejor aspecto y parecía que físicamente se había recuperado bastante. Yo ya había almorzado y ella acababa de dejar la mochila en el albergue. Le recomendé el menú del peregrino que acababa de tomar, cosa que volvió a agradecerme. La acompañé hasta el bar y mientras ella comió, yo tomé un café. Me relató lo bien que le había ido en esta etapa y como se sentía mucho más animada y fuerte.
Al final, nos despedimos y ya no volví a verla más, dejándome para el recuerdo sus impresionantes ojos azules.


La Madrileña con su perra Luna
Me acuerdo ahora de otra mujer de la que ya he hablado en otra entrada y que creo vale la pena rescatar de nuevo. Se trata de la Madrileña, no recuerdo su nombre, que hacía el Camino con su perra pastora alemana Luna y que ví por primera y única vez en la etapa de Palas de Rei a Ribadixo. Conecté enseguida con ella a través del animal. Ambos eran un ejemplo de compenetración: la mujer madura, de mediana edad, de carácter fuerte, ideas claras, peregrina de varios caminos y amante de su perra. La perra, fuerte, ágil, dócil, fiel y obediente, se le notaba cuando miraba que adoraba a su ama. La mujer hablaba con un cariño de su perra que ponía los vellos de punta, me contó acerca de los problemas que había tenido en los alojamientos, cómo había tenido que entrenarla y cómo había sido preciso adaptar las etapas al estado de las patas de Luna. 
Una vez llegados a Melide, perdimos el contacto y no volví a encontrarla.

Y para terminar, me refiero a las dos jóvenes peregrinas catalanas que empezaron su Camino en Sarria y con las que coincidí esporádicamente en diversos momentos en las etapas finales de mi Camino. Hablé poco con ellas, pero se incorporaron ocasionalmente al grupeto, por lo que también las dejo aquí para el recuerdo. 


domingo, 5 de julio de 2015

Crónicas del Camino Francés 2015 - 6: Los peregrinos mendigos.


El Camino tiene también su cara desconocida, sus personajes anónimos, de tal forma que si no se está atento y con la sensibilidad alerta pasan totalmente desapercibidos.

Me refiero a los peregrinos-mendigos o los mendigos-peregrinos, que para el caso podría ser lo mismo y que me llamaron poderosamente la atención.
Estas personas, por lo que yo pude percibir viven en el Camino y también viven de él, algo que hacen, aparentemente, con mucha dignidad.

Tuve la oportunidad de conocer y charlar con dos de ellos que me abrieron a esa realidad y que en pocas palabras consiste en que esas personas mendigan en el Camino, a la vez que caminan por él como unos peregrinos más.
Van con sus mochilas y a primera vista no se distinguen del resto de peregrinos. Yo me dí cuenta de su existencia cuando los pude ver antes o después en las puertas de las iglesias pidiendo limosna para poder comprar comida.



Uno de ellos, era un hombre mayor, muy mayor, que vi por primera vez en la puerta de la iglesia de Rabanal del Camino, pidiendo limosna a los peregrinos que entraban a la misa.
Después, me lo volví a encontrar en el comedor del albergue y compartimos mesa. El hombre me dijo que tenía 82 años, era de origen húngaro y había salido de su país hacía muchos años, huyendo de la miseria en él existente. No tenía familia o su familia se había desatendido de él. 
Al preguntarle sobre cómo era su vida me contó que él vivía en el Camino y que iba a los albergues donde le daban alojamiento gratuito y que, por desgracia, cada vez eran menos. Comía de lo que le ofrecían en los albergues y de lo que podía recaudar pidiendo. 
Quise invitarlo a comer de lo que había hecho para cenar, pero muy educadamente me lo agradeció y me dijo que no, que llevada unos días con problemas en el estómago y se dispuso a cenar solamente una extraña sopa que se había preparado.
Después, ya no volví a verlo más.


Al otro mendigo lo vi en la Iglesia Parroquial de Palas de Rei. 
Estaba sentado en el escalón de la puerta de entrada pidiendo para comer a los peregrinos que entraban a la misma. 
Me llamó la atención, porque al otro lado del escalón tenía su mochila cubierta por su funda impermeable, ya que esa tarde una tormentosa lluvia había hecho su aparición y atado a la mochila con una sencilla cuerda había un pequeño perrito de color canela, que permanecía tumbado y medio adormilado.
El peregrino mendigo de Madagascar con su fiel perro Amigo.
Al verlo, me agaché a acariciarlo, ya que me recordaba a mi Balto, salvo por el color. El animal levantó ligeramente la cabeza, me miró y acto seguido siguió con lo suyo que era dormir.
El hombre me sonrió y me dijo:
- Te gusta mi Amigo. 
- Pues sí, yo tengo una perrilla parecida, pero de color negro.
- Este perro va conmigo de compañero y se llama Amigo.
- ¡Ah, que buen nombre le has puesto!, le dije yo.
Me detuve un momento y él siguió con la cara sonriente diciéndome:
- Yo también voy haciendo el Camino con mi Amigo. Mañana voy hacia Portomarín.
- ¡Ajá, vas haciendo el Camino al revés!
- Si, ya llevo muchos años haciéndolo.
- ¿Y eso? ¿Tú de dónde eres?
- Soy de Madagascar, y por circunstancias de la vida hice la promesa de hacer el Camino durante 33 veces, ida y vuelta.
Yo lo miré alucinado y apostilló:
- Ya llevo 22 veces consecutivas y cuando acabe esta vuelta que hago ahora será la de 23. Yo vivo en el Camino y en él quiero morir. Cuando cumpla mi promesa, lo que yo deseo es quedarme en algún albergue como hospitalero para cuidar y ayudar a los peregrinos. 
Me quede muy impresionado, le dí una limosna que me pareció al poco rato ridícula y él me dió las gracias sonriendo. 
Acaricié por última vez a Amigo.
Ya no volví a verlo más.

jueves, 2 de julio de 2015

Crónicas del Camino Francés 2015 - 5: Albergues, hospitaleros y hospitaleras.

El Camino no sería lo que es sin sus albergues, hospitaleras y hospitaleros.
Albergue de Peregrinos del Concejo de Zubiri
Hay Albergues de Peregrinos Parroquiales, Municipales, Privados y luego todo un entramado de pensiones, casas rurales, hostales y hoteles que ofrecen sus servicios a lo largo del Camino Francés, de tal forma que prácticamente puede quedarse uno en donde le venga en gana o donde se necesite. En esta cuestión, como en otras cosas de la vida, el poderío económico es el que manda. Lo que sucede es que donde se vive y se siente lo que yo denomino el "auténtico" Camino está en torno a los albergues Municipales y más aún en los Parroquiales. Esto no deja de ser una apreciación personal mía, claro, pero yo lo he percibido así.

Los Parroquiales y Municipales van desde la voluntad a unos 6 euros, los Privados de 10 a 15 euros y el resto, lo que la ley de la oferta y la demanda estime conveniente.

Lo primero al llegar al albergue, quitarse las botas.
El Camino Francés, a diferencia de otros caminos, es el que dispone de la red más amplia de servicios y por esa razón es el que atrae a mayor número de peregrinos, bicigrinos y turigrinos, que de todo hay en la viña del Señor.

En el argot del Camino, se le llama peregrino al que hace el Camino a pie y con la casa a cuestas, es decir, con la mochila al hombro de la que suele colgar la vieira. Por lo general, lleva una cantimplora, un bordón o palo o uno o dos bastones, una buena gorra o un gran sombrero. Va repitiendo la vestimenta, ya que el surtido en la mochila es bastante limitado. Tiene la piel curtida y requemada por las inclemencias del tiempo y su ropa, sobre todo las botas están cubiertas de lo que da el momento: sudor, barro, agua, excremento de vaca, polvo... Normalmente, y conforme se acerca a Santiago, está endurecido físicamente, tiene los pies encallecidos, sin ampollas, manteniendo un ritmo constante en las subidas y en las bajadas, que hace que nunca se detenga ante los obstáculos. No tiene prisa por llegar, y al revés de otros, siente pena al pensar que el Camino se acaba en Santiago de Compostela, de tal forma que antes de terminar ya está pensando en volver para empezar de nuevo. Hacen el Camino por motivos religiosos, espirituales, ecológicos y excepcionalmente deportivos, de modo que buscan, casi siempre, la conexión interior, la soledad, el contacto con la naturaleza,... 

Los bicigrinos son aquellos que hacen el Camino en bicicleta, en la que llevan unas alforjas con todo lo que necesitan. También sufren las inclemencias del Camino, pero están más preocupados por las dificultades que ofrece el trazado, el perfil o de cuestiones técnicas de la bici de tal forma que no pueden concentrarse en lo que llamo la esencia del Camino. Piensan más en hacer kilómetros y llegar a un destino que en otra cosa. Aunque hay momentos para el pensamiento y encontrarse con uno mismo, son los menos.

Y los turigrinos, que son aquellas personas que hacen el Camino para simplemente hacer turismo. Van a lo cómodo, no quieren sufrimiento, mal terreno, grandes subidas ni duras bajadas. Andan con el buen tiempo, solecito y una brisa que les refresque el rostro. Por supuesto, nada de lluvia, ni viento, ni frío, ni calor,... que para eso está el coche o bus de apoyo. No llevan mochila con la casa a cuestas, para eso está el transportista de turno que por un módico precio la lleva y la trae a donde haga falta. Suelen distinguirse en el Camino por sus mini-mochilas, la botellilla de agua en la mano, una ropa impecable y un olorcillo a limpio que contrasta ampliamente con el del peregrino. Andan rapidísimo, como si fueran a apagar un fuego o como si estuvieran haciendo la "ruta del colesterol" típica de cada población. Los ves un rato y luego desaparecen para no encontrártelos jamas. Aaaaaah, y por supuesto quieren sellar para tener la credencial del peregrino, aunque eso si, muchos de ellos no van, de eso se encarga el de la agencia.

Con respecto a los albergues, también hay mucho que contar, de tal forma que se puede afirmar sin temor a equivocarse, que la vivencia del Camino varía ostensiblemente según se vaya a unos o a otros. Yo ya conocía los albergues privados, pero nunca había estado en los llamados albergues parroquiales o municipales. Pero gracias a mi amigo Vicente, he tenido la suerte de conocerlos en este Camino, algo de lo que le estoy sumamente agradecido, ya que en un detalle más he podido disfrutar de un motivo que acerca a las personas y las ayuda a compartir y convivir en estado puro.

En los albergues con cocina se puede preparar la comida, lo que ayuda mucho a abaratar el presupuesto. Tú puedes ir a comprar al supermercado o a la tienda del pueblo y luego elaborarte la comida, y si además eres un master-chef del Camino como Vicentón, pues disfrutarás de unos sabrosísimos y económicos platos. Claro que eso ya depende de cada cual.

Albergue de Peregrinos de la Orden de Malta
Como albergue prototipo con cocina voy a referirme al de Cizur Menor, exactamente al Albergue de Peregrinos de la Cruz de Malta de Cizur Menor, con un gran hospitalero de amplio bigote, todo generosidad y afecto. Desde el primer momento se preocupó de nosotros, nos aconsejó y por supuesto nos sirvió de guía para mostrarnos la antigua iglesia románica que está junto al albergue. ¡Qué buen descanso nos ofrecieron ambos: albergue y hospitalero!

Hospitalero del Albergue de Peregrinos de la Orden Malta en Cizur Menor
Pero si hay un lugar en el que se vive y se siente el Camino en toda su intensidad es en el Albergue Hospital de Peregrinos Parroquial de San Juan Bautista de Grañón. Yo lo recomiendo encarecidamente. Está enclavado en la iglesia parroquial del mismo nombre y desde que accedes a él notas que estás entrando en un sitio especial que parece anclado en el pasado. Accedes por escaleras de piedra para llegar a la recepción colocada en un estrecho pasillo, en donde afables hospitaleros y hospitaleras te reciben con una sonrisa, un vaso de agua, una bebida y algo de fruta o galletas. En este albergue no hay sello para la credencial, sino un abrazo de bienvenida al peregrino.


El albergue no cuesta nada, salvo la voluntad. Me llamó poderosamente la atención una caja de madera con la tapa abierta y un cartel situado en ella que decía: "DEJA LO QUE PUEDAS, COGE LO QUE NECESITES." 

Dos duchas, no hay camas, salvo una fina esterilla sobre el suelo de madera, al que se accede por unos escalones desvencijados que te conducen al aéreo dormitorio. Dos sencillas duchas, un lavadero bajo la techumbre de la iglesia y un amplio salón comedor conectado con una cocina pequeña pero que tiene de todo.

Con lo que la caja de madera recauda del día anterior se organizan las comidas del día siguiente. Preparar la cena comunitaria es todo un ritual. Aquel día tocaba pollo con verduras al horno y fue una divertida fiesta colocar al pollo y a las verduras en la lata, llevarlo al horno del pueblo, colocar las mesas, ir en procesión a por el pollo con internacionales cantos incluidos y la maravillosa cena colectiva en la que se hablaban todas las lenguas, distribuidos los más o menos 40 peregrinos y peregrinas, junto con los hospitaleros para dar buen destino a tan ricas y sabrosas viandas.
En procesión recogimos el pollo en el horno del pueblo
En ese momento, conocí al joven peregrino francés que hacía el Camino al revés, viajando desde Santiago hasta Le Puy, junto a su madre que estaba enferma, y que hacían así el Camino porque de esa forma evitaban que ella se pudiera arrepentir. Entre pucheros y lágrimas pude entender esta desoladora historia que me puso el nudo en la garganta y el alma en un puño. Y comprendí y palpé, una vez más, que cada cual hace el Camino por un motivo y con unos intereses, afianzándome en la idea de que cada peregrino es un mundo y sus circunstancias colocados en el Camino.

Hospitaleras y peregrinos en el Albergue de Grañón
Jamás olvidaré al Albergue de Grañón y al joven peregrino francés que andaba al revés el Camino junto a su madre "malade", como tampoco lo haré del intenso momento de meditación vivido en la penumbra del coro de la iglesia que volvió a transportarme a tiempos medievales. Momentos del Camino que se quedan en los adentros para siempre.


Otro albergue que me impresionó sobremanera por el ambiente en él existente fué el Albergue de Peregrinos Parroquial de Carrión de los Condes.
Recuerdo que ese día empezamos a andar de noche desde Boadilla del Camino para después de unos 25 kms, disfrutando de un bello tramo junto al Canal de Castilla, de la impresionante iglesia románica de San Martín de Fromista, llegar sobre las 12 a la población de Carrión de los Condes.
Situamos las mochilas en una larga cola junto a la puerta del albergue para guardar el turno y esperar a que fuera la una de la tarde, hora en la que se abría el albergue. Cada uno buscó un lugar de sombra para hacer llevadera la espera y fuera botas y chanclas a los pies.

Iglesia Parroquial de Santa María
Con una gran puntualidad se abren las puertas, siendo recibidos en un amplio hall por un grupo de sonrientes, revoloteantes y atentas hospitaleras, entre ellas varias monjas que nos obsequiaban con amplias sonrisas, agua fresca, zumo, té, galletas o frutas, algo que a esas horas del día después del caminar se agradece sobremanera.
A continuación llegó el momento del trámite de presentar la documentación, sellar la credencial y asignar litera. Cuando me tocó el turno y dije que era de un pueblo de Granada, rápidamente saltó una de aquellas monjas diciendo: "Y yo también, soy del Barrio de Monachil". ¡Qué alegría encontrar una paisana tan lejos de casa. Fué un momento extremadamente emotivo y emocionante.
Las monjas hospitaleras del Albergue de Peregrinos Parroquial de Carrión de los Condes
Si los ángeles cantan, seguro que lo hacen como estas monjas. Vaya voces, que prodigio, algo que demostraron en un simpático momento de encuentro comunitario en el albergue y sobre todo en la Misa de Peregrinos que se hizo en la adjunta iglesia parroquial.
Jamás olvidaré el trato recibido por las hospitaleras y monjas de Carrión de los Condes, sus bellas voces y por supuesto a la monja paisana, ni tampoco al sencillo regalo de una estrella de papel coloreada por las mismas monjas para que iluminen mi Camino.
Junto a la monja paisana del Barrio de Monachil.

Crónicas del Camino Francés 2015 - 4: El superperegrino y mago del Camino: Tomy, conocido en Hontanas.

El sábado, 30 de mayo de 2015, salimos de Burgos, de noche, disfrutando del amanecer en el Camino, como de costumbre. 
Esta etapa de Burgos hasta Hontanas, de algo más de 32 kms. es de las que hay que tomárselas sabiendo que penetramos en la despoblada meseta castellana y en las que el sol puede hacer grandes estragos. Así que, bien provistos de agua, fuimos haciendo kilómetros por largas rectas a más de 800 metros de altura, la meseta, en las que la ausencia de sombra es la tónica normal en extensos campos de cereales de modo que un horizonte da paso a otro y en los que, menos mal, la abundancia de perdices, cogujadas y otras aves, rompen la monotonía del Camino. 

De vez en cuando y aparte de las flechas amarillas, un toque pintoresco nos recuerda que estamos en el Camino de Santiago, con montones de piedra que dan cobijo a cruces que se agarran de forma inverosímil al terreno.
Cruz de Santiago después de Hornillos
Me llaman mucho la atención montones de mariposas que revolotean por todas partes, mansas, como atontolinadas, parándose en piernas y brazos, saltando hacia la cara, como abanicando el aire para ayudar a superar la calor que ya va apretando, a estas horas, de lo lindo. 

Arco de piedra y cruz cerca de Hontanas
Hontanas, aparece de golpe. Se encuentra agazapado, oculto y no lo ves hasta que prácticamente no estás encima de él.
Llegando a Hontanas
El nombre de Hontanas viene del latín fontana y es que en él se puede encontrar la fuente con el agua más fría que te puedas imaginar. Todo un deleite para los cansados pies del peregrino.

Fuente de Hontanas, todo un deleite para los cansados pies.
Albergue Municipal de Peregrinos de Hontanas
Una vez alojado en el albergue y estando en la habitación, poco después apareció Tomy, sonriente y silencioso. El peregrino ocupó su litera saludando con un sonoro hola y se dedicó a ordenar sus cosas mientras yo me ocupaba de las mías.
En un momento determinado, cruzamos la mirada y él alargó la mano diciendo su nombre a modo de presentación. Como es lógico yo le dije el mio, comenzando las preguntas del protocolo del peregrino que ya he mencionado en crónicas anteriores:
- ¿De dónde eres?
- Soy ciudadano suizo.
- Yo de Villanueva Mesía, en Granada. ¿Dónde has empezado hoy?
- Hoy en Boadilla del Camino -creo recordar que me contestó.
- ¿Y eso?
- Es que voy de vuelta. Empecé mi Camino en Le Puy en Francia, entré por Hendaya, he hecho el Camino del Norte hasta Santiago de Compostela y voy de vuelta por el Camino Francés hasta Francia, para ir después a Roma y luego seguir peregrinando hasta Jerusalén.
- ¿Queeeeeeé?
- Si, llevo un año caminando y tengo calculados aproximadamente otros dos hasta llegar a Jerusalén. Total unos tres años, aunque pueden ser más. No lo sé.

Yo no daba crédito a lo que escuchaba y él me miraba burlonamente divertido. Siguió comentando la calor que hacía el día de hoy y que estaba alucinado porque en el Camino se le iban parando las mariposas en el cuerpo y eso era algo prodigiosamente maravilloso. Me dijo que hasta luego que tenía que hacer la colada.

Y yo pensando en que mi Camino eran muchos kilómetros, glup, glup.

Tomy, el superperegrino que camina hasta Jerusalén
Después de la típica cortita siesta restauradora de las fuerzas agotadas en la jornada, me dirigí al bar-tienda de enfrente para tomar un cafelillo con hielo, aprovechar la tranquilidad que ofrecía una de sus mesas y poner mi diario a punto anotando los datos de la etapa.
Al poco rato, apareció Tomy que se me quedó enfrente mirando sonriente y soltando un efusivo hola a modo de saludo. No lo dudé ni un instante, había que aprovechar la ocasión para indagar y conocer algo más de tan singular personaje, así que lo invité a sentarse conmigo y a tomar algo. Él tampoco lo dudó un segundo, se notaba que habíamos conectado desde nuestra pequeña charla anterior y al hombre se le transparentaban las ganas de entablar conversación, lo que hizo con un sobrado aire de seguridad lleno del cosmopolitismo que da el Camino.
Hablamos de muchas cosas triviales, como por ejemplo de los GPS y de como pensaba averiguárselas con él una vez que dejara Europa y entrara en Turquía y luego en Siria. Detalles tan insignificantes aquí como las pilas del GPS constituían un grave inconveniente en aquellos territorios. En fin, yo estaba boquiabierto.

Era divorciado, no tenía cargas familiares, disponía de una pensión y cuando se le acababa el dinero no dudaba en trabajar en lo que fuera. Hablaba 7 idiomas y además era "¿kinesiólogo?" o algo así.
- ¿Y eso qué es? -pregunté sorprendido.
El se echó a reír y me contó algo en italo-español, que a duras penas podía entender, sobre la conexión de la energía de la tierra y del cuerpo humano, de las cargas positivas y negativas que llevamos dentro y como nuestro subconsciente liberaba o no esas cargas que hacían que nos sintiéramos mejor o peor y que él podía conectar con el subconsciente de las personas y ayudarles a descargar esas cargas negativas para mejorar y sanarlos de alguna forma. Eso fue lo que creí comprender y así lo cuento.

Como se ve que mi cara era espejo de la duda y de la confusión, Tomy decidió ponerse en acción y manos a la obra. Me preguntó que si le daba permiso me hacía una pequeña demostración. Yo le dije que pues bueno que no tenía otra cosa mejor que hacer.
Entonces, me pidió que levantara un brazo para calibrar mi energía, dándome misteriosos golpecitos hacia arriba y hacia abajo, sacó de su bolso un gran imán con dos polos como los de un enchufe que si era positivo y otro negativo según me explicó desmontándolo para que lo viera. Luego me preguntó que si me dolía algo, yo le dije que no, si acaso el dolor de los pies que los tenía machacados del Camino y sin dudarlo un segundo se agachó, me quitó la zapatilla y el calcetín, y sobre mi pie desnudo colocado en su regazo, fue haciendo unas punciones durante unos segundos, a la vez que me hablaba sobre la acupuntura china. Después hizo lo mismo con el otro pie, para finalmente decirme en tono guasón:
- Levántate, anda y dime si te duelen los pies ahora.
No podía creerlo, yo andando por el suelo del bar, descalzo y sin ningún dolor.

¿Verdad, mentira, sugestión? Yo no lo sé, pero te encuentras cada personaje en el Camino que alucinas.

Allá donde te encuentres, Tomy te deseo toda la suerte del mundo.

Crónicas del Camino Francés 2015 - 3: Japoneses y Coreanos del Sur en el Camino


Por su singularidad, coreanos y japoneses llaman poderosamente la atención siempre, pero en el Camino más, sobre todo porque van tapados de arriba abajo y no muestran ni un centímetro de piel temiéndole a las quemaduras del sol. Es increíble verlos totalmente cubiertos en los días de calor cuando el astro rey hace su mayor acto de presencia.

Es increíble verlos totalmente cubiertos en los días de calor cuando el astro rey hace su mayor acto de presencia.
Lo primero ha sido saciar mi curiosidad sobre el porqué de la multitud de coreanos (del Sur) en el Camino de Santiago. Investigando un poco en la red, he encontrado una breve reseña que explica los motivos. Me cuesta trabajo entender cómo personas de una cultura tan dispar y del otro lado del globo se animan a venir a España para hacer el Camino.

También llama la atención, que prácticamente todos los coreanos son muy jóvenes, ya que según me explicaron ellos mismos, primero terminan sus estudios y antes de reintegrarse al mundo laboral, se plantean como meta el hacer el Camino de Santiago. ¿Por qué?


"Corría el año 2011 cuando una escritora coreana, Kim Hyo Sun, se convirtió en la nueva Paulo Coelho del Camino de Santiago. Mientras que hace una década sólo 24 surcoreanos peregrinaron hacia la tumba del apóstol, Kim Hyo, con sus tres libros sobre la Ruta Jacobea, vendió 100.000 ejemplares y logró que miles de compatriotas recorrieran los más de 10.000 kilómetros que separan Galicia y Corea del Sur."

Alegres, simpáticos, divertidos y extremadamente educados y respetuosos.
Y allí estaban los simpáticos coreanos del sur y también los japoneses.

El caso de los japoneses es distinto, ya que la mayoría de los peregrinos de esta nacionalidad, son gente mayor, jubilados, con esa inquietud propia de los nipones que todo lo quieren saber y conocer.

Dicho todo lo anterior me detengo a comentar sobre tres peregrinos japoneses con los cuales he compartido pisadas y tramos del Camino.

Yam la persona más educada y cariñosa que jamás he conocido, dándonos unas clases de saludo japones: Arigato, Yam.
En primer lugar, hablo de Yam, peregrino japonés, la persona más educada y cariñosa que jamás he conocido.
Yam se hizo querer desde el primer momento. Un hombre mayor, aparentemente de corta estatura, con una mochila gigantesca, lleno de cachivaches por todos lados. Al principio llamaba la atención porque constantemente estaba sacando y metiendo bolsas y cosas de la mochila. Nervioso e inquieto.
Era el primero en levantarse en el albergue, y con su linterna de luz roja colgada al cuello, empezaba a dar bandazos de un lado a otro antes que nadie. Discreto y silencioso, procuraba siempre pasar desapercibido y no molestar, aunque claro, ¡a esas horas! no lo conseguía y al final todo el mundo estaba pendiente de él.

No hablaba absolutamente nada de español y su afán de aprender le llevaba a apuntarlo todo en una pequeña libretilla. En el albergue de Nájera, por primera vez, se me acercó para preguntarme cómo se decían y se escribian los nombres de personas, de objetos, etc., que yo le iba diciendo y que él como podía iba anotando trabajosamente. Apuntó nuestros nombres, y me pidió que le dijera cómo se pronunciaban. Haciendo un gran esfuerzo, Yam repetía y repetía pacientemente, hasta conseguir que sonaran prácticamente bien.

Cuando me lo contó, me hizo mucha gracia saber que las primeras palabras que aprendió en español fueron: por favor, caña y paella.
Siempre estaba saludando con sus manos juntas y flexionando la cabeza, en plan reverencia, hacia adelante y no titubeo al decir que me parecía la persona más respetuosa y educada del mundo que jamás haya conocido.
Él era muy detallista y meticuloso, llevaba dos relojes, uno en cada muñeca que marcaban la hora de España y de Japón y cuando sonaba la alarma, inmediatamente paraba porque decía con gestos que tenía que comer y descansar.
Creo recordar que lo perdí de vista en la etapa de Nájera a Grañón. Yam, se quedó en el Camino, apartándose entre unos cereales y esta vez cuando dijo que se paraba a descansar, nos obsequió con su última reverencia y ya no lo volví a ver más.
Pero de Yam, me queda su imagen y su sonrisa bondadosa.

...esta vez cuando dijo que se paraba a descansar, nos obsequió con su última reverencia y ya no lo volví a ver más: Sayônara, Yam.
Y ahora toca referirme a otros dos peregrinos japoneses, Esta vez se trata de una pareja muy joven. Los sorprendentes y también educadísimos, la pequeña Haruna y el gran Tomo, que fui viendo sucesivamente en multitud de etapas, siempre sonrientes y saludando a todo el mundo con continuadas inclinaciones de cabeza, hasta que al final y después de tantos días de encontrarnos ya nos saludábamos muy efusivamente y con bastante afecto. Haruna no hablaba prácticamente nada de español, solo inglés. Tomo si sabía un poquito de español y el inglés, así que fue una buena ocasión para practicar.

La pequeña Haruna y el gran Tomo.
Todo un contraste verlos caminar. Mientras Tomo daba un paso-zancada, ella, Haruna, tenía que dar dos. En multitud de ocasiones y durante bastante tiempo andé detrás de ellos solamente por verlos y era todo un espectáculo ver lo acompasados que iban. Él a paso largo y relajado, mientras ella daba los dos nerviosos pasitos. ¡Qué divertido era contemplarlos a distancia! Siempre charlando, alegres, simpáticos y divertidos.

Al final, lo preguntaban todo y cuando les explicaba lo que era un hórreo, Tomo ponía una cara de asombro al comprender su utilidad y desencajaba el rostro al intentar pronunciar la "rr". Yo me divertí mucho con el grandullón, al enseñarle palabras como perro, hórreo y churros que por cierto le encantaban al tragón gigante, que sonaban en su boca a "pero", "horeo" y "churo". Una misión casi imposible en la que, al final ,todos terminábamos carcajeando.

Una tarde en Pedrouso, estaba tomando café junto a Santiago, el peregrino de Sabiñánigo, en la terraza de una cafetería, cuando pasaron Tomo y Haruna y los invitamos a sentarse y a tomar algo. ¡Qué caras de asombro y perplejidad! No podían entender el concepto de invitarlos a un té. Y de un ¡Ooooooooh, no, no, costar dinero! a duras penas aceptaron la invitación con miles de inclinaciones de cabeza y otras tantas repeticiones de la palabra ¡gracias!


Cruz de un antiguo Cementerio de Peregrinos
Otro momento en el que me dejaron asombrados fue cuando pasamos junto a la cruz de piedra de un Cementerio de Peregrinos y les expliqué que aquel espacio en la antigüedad era utilizado para enterrar a los peregrinos que fallecían mientras hacían el Camino. Ellos, al principio pusieron su más amplia cara de asombro, soltaron unos continuados y largos "Oooooooooh" y finalmente juntaron las manos y reverentes bajaron las cabezas durante unos instantes en señal de respeto y de oración. Nos quedamos todos en silencio en esa actitud y al final el que acabó perplejo, sorprendido y admirado fui yo. ¡Qué sensibilidad demostraron!

Ellos se quedaron en el Monte do Gozo para disfrutar más del Camino, que según me explicaron se resistían a terminar y que procuraban alargar de todas las formas. Allí los ví por última vez y allí quedan en mi recuerdo.
Haruna, Tomo, Luis y la israelí Ina.
Regalos de Tomo y Haruna


Buen Camino