martes, 30 de junio de 2015

Crónicas del Camino Francés 2015 - 1: Los formidables peregrinos toledanos, mis inolvidables amigos: Antonio, Miguel y Vicente.

Luis con los toledanos: Miguel, Antonio y Vicente.
Todo empezó en la Estación de Autobuses de Pamplona el lunes, 18 de Mayo de 2015. Eran alrededor de las 4 de la tarde y acababa de llegar desde la Estación de Renfe, con la gran duda en la mente: ¿billete para Saint Jean Pied de Port  o para Roncesvalles? Otro peregrino que iniciaba el Camino me había dicho y asegurado que las previsiones eran malísimas para el día siguiente: lluvia, frio, viento,... En fin, me sentía desilusionado pero prácticamente decidido a no jugármela y a perderme la emblemática primera etapa que cruza el Pirineo y comenzar por tanto, la aventura desde Roncesvalles. No me hacía gracia, pero bueno, al final la cordura me llevaba a la seguridad del lado español del Pirineo. Así que, ale a Roncesvalles.

Pero Santiago movió ficha e hizo una de sus inesperadas jugadas. Y cuando me acercaba a la ventanilla para sacar el billete, un personaje peregrino desconocido, mochila en ristre, grandón, de cara afable y muy sonriente me abordó saludando:
- Hola
- Hola
- ¿Alguno de vosotros va para Saint Jean Pied de Port? ¿Es que el autobús no sale hasta las 18:30 horas y vale 22 euros, mientras que si nos vamos los cuatro en un taxi nos cobra 100 euros, tocando a 25 euros y nos vamos ahora mismo con el consiguiente ahorro de tiempo?
- Pero, es que acaban de decirme que las previsiones para mañana son muy malas.
- ¡Qué va hombre! El día va a ser malo pero a última hora. Además, el Camino es así, unos días lluvia y otros calor. Nosotros tres vamos, -me dijo señalando a sus otros dos colegas- así que anímate y vamos todos juntos.
Los tres me miraban con los ojos brillantes y como diciéndome: ¡Venga, venga, anímate, vamos, vamos...!
Mi mente empezó a funcionar vertiginosamente y al final, tomé la decisión:
- Ale, yo venía con esa idea y..., pues sí, que me voy con vosotros.

Y así empezó mi Camino Francés 2015, junto a los formidables peregrinos toledanos, Antonio, Miguel y Vicente. Una aventura que duraría unos 550 kms, hasta Rabanal del Camino, en donde tomé la dura decisión de separarme de ellos y seguir en soledad, algo que aún no había experimentado y que deseaba vivir imperiosamente.

Contar lo vivido, aprendido, disfrutado, sufrido, sentido y yo que sé más con estos tres peregrinos es imposible. Fueron 20 intensos días, 20 maravillosas etapas, llenas de todo lo que da el Camino: amaneceres, confidencias, lluvia, canturreos, frío, bromas, barro, paisajes, calor, polvo, risas, ampollas, tragos, comidas, descansos, sudor, abrazos, palabras de aliento y... también lágrimas.

¡Qué buena cuadrilla formamos! Dicen que el grupo ideal son cuatro y de ahí viene la palabra cua-drilla. Y pienso que es cierto, o al menos así me lo parece. Yo, sin conocerlos, al poco tiempo sentía que eramos amigos de toda la vida, de tal forma que han dejado una profunda e imborrable huella en este mi especial Camino y tienen un sitio de honor en mis adentros, ya que fueron y son mis peregrinos amigos, a los que estaré siempre unido y con los que espero seguir teniendo buenas relaciones.

Vaya para ellos mi eterno agradecimiento por su generosidad y por la sincera amistad que me ofrecieron y me ofrecen, claro.

Antonio, incansable.
Antonio, tirando, siempre el primero, la madre, como anda el tío, incansable, pin pan, pin pan, marcando una irreductible distancia. Contando cosas de su hija, la maestra, y demostrando cada vez que tenia oportunidad, el gran cariño que siente por sus nietos. Siempre organizando, preparando las cosas, un intendente de tomo y lomo. Y tampoco puedo olvidarme de sus divertidas batallitas. Esas carreras a todo trapo, que narraba en los descansos con una magistral y simpática habilidad y que todos escuchábamos, entre risas, boquiabiertos.
Se ha estudiado el Camino en profundidad, conoce los nombres, los detalles, los lugares y los sitios con una certeza impresionante. Cualquier duda, pues se le pregunta a Antonio y él rápidamente la resuelve.

Miguel, el bueno.
Sin lugar a dudas, y desde el primer día, con quien más horas de Camino he estado ha sido con mi amigo Miguel. Eso nos ha permitido grandes charlas y confidencias profundas, en ambos sentidos. Él me ha contado sus cosas y yo lo habré cansado con las mías. Hemos echado muchos y buenos momentos de bromas, chistes y sobre todo canturreos. En resumen, es una persona buena, afable, simpática y divertida, con un gran corazón que apenas le cabe en el pecho.
Miguel tiene una memoria prodigiosa y sabe multitud de canciones enteritas de pe a pa. Al final conseguimos "casi" cantar juntos y a voz en cuello la sevillana aquella de "No dejan de decirnos locos perdios".
Menos mal que estaba Miguel para curarme las ampollas de los pies, para pedirme que me limpiara las boqueras antes de un selfie y sobre todo para recordarnos mutuamente que nos tomáramos la pastilla mañanera.
Miguel tardaba en calentar los motores por la mañana, pero cuando ponía el diésel a punto, era otro incansable.

Vicente, el irreductible .
Y aquí el alma mater del grupo, Vicente. A quien me gustaba llamar Vicentón, como su madre, me dijo él.
Dice que no sabe porqué hace el Camino, y lleva seis o siete, además lo siente y lo vive como nadie. Peregrino de los pies a la cabeza, callado e introvertido. Con sus pensamientos por dentro y que, a veces, deja aflorar para enriquecernos con su gran sabiduría nacida de tantas y tantas pisadas.
Vicente, anda tela a primeras horas de la mañana, luego, la calor le pone el paso cansino de un galgo trotón.
Sabe más que nadie de albergues, conoce hospitaleros, lugares auténticos y anécdotas e historias que no me cansaba de escuchar. Unas sobre sus andanzas como peregrino y otras de su peculiar biblioteca. No olvidaré jamás su divertida historia sobre el Marqués de Gil y Pollas.
Vicente es el master-chef del Camino, capaz de improvisar deliciosos platos que se saca de la chistera en un santiamén. Nadie prepara unos macarrones o unas albóndigas en lata como lo hace Vicente.
Vicente es el master-chef del Camino.
De espíritu indómito, rebelde, es capaz de poner al más pintado en su sitio y de cantarle las cuarenta al que haga falta. De genio fuerte tiene un corazón tierno que muestra su alma de niño sobre la marcha, cuando menos te lo esperas.
Vicente, en tiempos pasados, hubiera sido un impresionante monje templario, Guardián del Camino, fuerte y sensible a la vez.
A Viente lo recuerdo recitando parte de este poema, que ahora rescato y que  a él dedico:

CASTILLA

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.
Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde... Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde... Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos. lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
"Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja...
Idos. El cielo os colme de venturas...
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!"
Calla la niña y llora sin gemido...
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: "¡En marcha!"
El ciego sol, la sed y la fatiga...
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Y aquí quedan estas breves semblanzas de estos tres toledanos, homenaje sincero a mis buenos amigos peregrinos. Con los que formé cuadrilla en el Camino, hasta que las lágrimas nos brotaron por la separación aquella mañana en Rabanal del Camino.

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Buen Camino