jueves, 2 de julio de 2015

Crónicas del Camino Francés 2015 - 5: Albergues, hospitaleros y hospitaleras.

El Camino no sería lo que es sin sus albergues, hospitaleras y hospitaleros.
Albergue de Peregrinos del Concejo de Zubiri
Hay Albergues de Peregrinos Parroquiales, Municipales, Privados y luego todo un entramado de pensiones, casas rurales, hostales y hoteles que ofrecen sus servicios a lo largo del Camino Francés, de tal forma que prácticamente puede quedarse uno en donde le venga en gana o donde se necesite. En esta cuestión, como en otras cosas de la vida, el poderío económico es el que manda. Lo que sucede es que donde se vive y se siente lo que yo denomino el "auténtico" Camino está en torno a los albergues Municipales y más aún en los Parroquiales. Esto no deja de ser una apreciación personal mía, claro, pero yo lo he percibido así.

Los Parroquiales y Municipales van desde la voluntad a unos 6 euros, los Privados de 10 a 15 euros y el resto, lo que la ley de la oferta y la demanda estime conveniente.

Lo primero al llegar al albergue, quitarse las botas.
El Camino Francés, a diferencia de otros caminos, es el que dispone de la red más amplia de servicios y por esa razón es el que atrae a mayor número de peregrinos, bicigrinos y turigrinos, que de todo hay en la viña del Señor.

En el argot del Camino, se le llama peregrino al que hace el Camino a pie y con la casa a cuestas, es decir, con la mochila al hombro de la que suele colgar la vieira. Por lo general, lleva una cantimplora, un bordón o palo o uno o dos bastones, una buena gorra o un gran sombrero. Va repitiendo la vestimenta, ya que el surtido en la mochila es bastante limitado. Tiene la piel curtida y requemada por las inclemencias del tiempo y su ropa, sobre todo las botas están cubiertas de lo que da el momento: sudor, barro, agua, excremento de vaca, polvo... Normalmente, y conforme se acerca a Santiago, está endurecido físicamente, tiene los pies encallecidos, sin ampollas, manteniendo un ritmo constante en las subidas y en las bajadas, que hace que nunca se detenga ante los obstáculos. No tiene prisa por llegar, y al revés de otros, siente pena al pensar que el Camino se acaba en Santiago de Compostela, de tal forma que antes de terminar ya está pensando en volver para empezar de nuevo. Hacen el Camino por motivos religiosos, espirituales, ecológicos y excepcionalmente deportivos, de modo que buscan, casi siempre, la conexión interior, la soledad, el contacto con la naturaleza,... 

Los bicigrinos son aquellos que hacen el Camino en bicicleta, en la que llevan unas alforjas con todo lo que necesitan. También sufren las inclemencias del Camino, pero están más preocupados por las dificultades que ofrece el trazado, el perfil o de cuestiones técnicas de la bici de tal forma que no pueden concentrarse en lo que llamo la esencia del Camino. Piensan más en hacer kilómetros y llegar a un destino que en otra cosa. Aunque hay momentos para el pensamiento y encontrarse con uno mismo, son los menos.

Y los turigrinos, que son aquellas personas que hacen el Camino para simplemente hacer turismo. Van a lo cómodo, no quieren sufrimiento, mal terreno, grandes subidas ni duras bajadas. Andan con el buen tiempo, solecito y una brisa que les refresque el rostro. Por supuesto, nada de lluvia, ni viento, ni frío, ni calor,... que para eso está el coche o bus de apoyo. No llevan mochila con la casa a cuestas, para eso está el transportista de turno que por un módico precio la lleva y la trae a donde haga falta. Suelen distinguirse en el Camino por sus mini-mochilas, la botellilla de agua en la mano, una ropa impecable y un olorcillo a limpio que contrasta ampliamente con el del peregrino. Andan rapidísimo, como si fueran a apagar un fuego o como si estuvieran haciendo la "ruta del colesterol" típica de cada población. Los ves un rato y luego desaparecen para no encontrártelos jamas. Aaaaaah, y por supuesto quieren sellar para tener la credencial del peregrino, aunque eso si, muchos de ellos no van, de eso se encarga el de la agencia.

Con respecto a los albergues, también hay mucho que contar, de tal forma que se puede afirmar sin temor a equivocarse, que la vivencia del Camino varía ostensiblemente según se vaya a unos o a otros. Yo ya conocía los albergues privados, pero nunca había estado en los llamados albergues parroquiales o municipales. Pero gracias a mi amigo Vicente, he tenido la suerte de conocerlos en este Camino, algo de lo que le estoy sumamente agradecido, ya que en un detalle más he podido disfrutar de un motivo que acerca a las personas y las ayuda a compartir y convivir en estado puro.

En los albergues con cocina se puede preparar la comida, lo que ayuda mucho a abaratar el presupuesto. Tú puedes ir a comprar al supermercado o a la tienda del pueblo y luego elaborarte la comida, y si además eres un master-chef del Camino como Vicentón, pues disfrutarás de unos sabrosísimos y económicos platos. Claro que eso ya depende de cada cual.

Albergue de Peregrinos de la Orden de Malta
Como albergue prototipo con cocina voy a referirme al de Cizur Menor, exactamente al Albergue de Peregrinos de la Cruz de Malta de Cizur Menor, con un gran hospitalero de amplio bigote, todo generosidad y afecto. Desde el primer momento se preocupó de nosotros, nos aconsejó y por supuesto nos sirvió de guía para mostrarnos la antigua iglesia románica que está junto al albergue. ¡Qué buen descanso nos ofrecieron ambos: albergue y hospitalero!

Hospitalero del Albergue de Peregrinos de la Orden Malta en Cizur Menor
Pero si hay un lugar en el que se vive y se siente el Camino en toda su intensidad es en el Albergue Hospital de Peregrinos Parroquial de San Juan Bautista de Grañón. Yo lo recomiendo encarecidamente. Está enclavado en la iglesia parroquial del mismo nombre y desde que accedes a él notas que estás entrando en un sitio especial que parece anclado en el pasado. Accedes por escaleras de piedra para llegar a la recepción colocada en un estrecho pasillo, en donde afables hospitaleros y hospitaleras te reciben con una sonrisa, un vaso de agua, una bebida y algo de fruta o galletas. En este albergue no hay sello para la credencial, sino un abrazo de bienvenida al peregrino.


El albergue no cuesta nada, salvo la voluntad. Me llamó poderosamente la atención una caja de madera con la tapa abierta y un cartel situado en ella que decía: "DEJA LO QUE PUEDAS, COGE LO QUE NECESITES." 

Dos duchas, no hay camas, salvo una fina esterilla sobre el suelo de madera, al que se accede por unos escalones desvencijados que te conducen al aéreo dormitorio. Dos sencillas duchas, un lavadero bajo la techumbre de la iglesia y un amplio salón comedor conectado con una cocina pequeña pero que tiene de todo.

Con lo que la caja de madera recauda del día anterior se organizan las comidas del día siguiente. Preparar la cena comunitaria es todo un ritual. Aquel día tocaba pollo con verduras al horno y fue una divertida fiesta colocar al pollo y a las verduras en la lata, llevarlo al horno del pueblo, colocar las mesas, ir en procesión a por el pollo con internacionales cantos incluidos y la maravillosa cena colectiva en la que se hablaban todas las lenguas, distribuidos los más o menos 40 peregrinos y peregrinas, junto con los hospitaleros para dar buen destino a tan ricas y sabrosas viandas.
En procesión recogimos el pollo en el horno del pueblo
En ese momento, conocí al joven peregrino francés que hacía el Camino al revés, viajando desde Santiago hasta Le Puy, junto a su madre que estaba enferma, y que hacían así el Camino porque de esa forma evitaban que ella se pudiera arrepentir. Entre pucheros y lágrimas pude entender esta desoladora historia que me puso el nudo en la garganta y el alma en un puño. Y comprendí y palpé, una vez más, que cada cual hace el Camino por un motivo y con unos intereses, afianzándome en la idea de que cada peregrino es un mundo y sus circunstancias colocados en el Camino.

Hospitaleras y peregrinos en el Albergue de Grañón
Jamás olvidaré al Albergue de Grañón y al joven peregrino francés que andaba al revés el Camino junto a su madre "malade", como tampoco lo haré del intenso momento de meditación vivido en la penumbra del coro de la iglesia que volvió a transportarme a tiempos medievales. Momentos del Camino que se quedan en los adentros para siempre.


Otro albergue que me impresionó sobremanera por el ambiente en él existente fué el Albergue de Peregrinos Parroquial de Carrión de los Condes.
Recuerdo que ese día empezamos a andar de noche desde Boadilla del Camino para después de unos 25 kms, disfrutando de un bello tramo junto al Canal de Castilla, de la impresionante iglesia románica de San Martín de Fromista, llegar sobre las 12 a la población de Carrión de los Condes.
Situamos las mochilas en una larga cola junto a la puerta del albergue para guardar el turno y esperar a que fuera la una de la tarde, hora en la que se abría el albergue. Cada uno buscó un lugar de sombra para hacer llevadera la espera y fuera botas y chanclas a los pies.

Iglesia Parroquial de Santa María
Con una gran puntualidad se abren las puertas, siendo recibidos en un amplio hall por un grupo de sonrientes, revoloteantes y atentas hospitaleras, entre ellas varias monjas que nos obsequiaban con amplias sonrisas, agua fresca, zumo, té, galletas o frutas, algo que a esas horas del día después del caminar se agradece sobremanera.
A continuación llegó el momento del trámite de presentar la documentación, sellar la credencial y asignar litera. Cuando me tocó el turno y dije que era de un pueblo de Granada, rápidamente saltó una de aquellas monjas diciendo: "Y yo también, soy del Barrio de Monachil". ¡Qué alegría encontrar una paisana tan lejos de casa. Fué un momento extremadamente emotivo y emocionante.
Las monjas hospitaleras del Albergue de Peregrinos Parroquial de Carrión de los Condes
Si los ángeles cantan, seguro que lo hacen como estas monjas. Vaya voces, que prodigio, algo que demostraron en un simpático momento de encuentro comunitario en el albergue y sobre todo en la Misa de Peregrinos que se hizo en la adjunta iglesia parroquial.
Jamás olvidaré el trato recibido por las hospitaleras y monjas de Carrión de los Condes, sus bellas voces y por supuesto a la monja paisana, ni tampoco al sencillo regalo de una estrella de papel coloreada por las mismas monjas para que iluminen mi Camino.
Junto a la monja paisana del Barrio de Monachil.

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Buen Camino