domingo, 5 de julio de 2015

Crónicas del Camino Francés 2015 - 6: Los peregrinos mendigos.


El Camino tiene también su cara desconocida, sus personajes anónimos, de tal forma que si no se está atento y con la sensibilidad alerta pasan totalmente desapercibidos.

Me refiero a los peregrinos-mendigos o los mendigos-peregrinos, que para el caso podría ser lo mismo y que me llamaron poderosamente la atención.
Estas personas, por lo que yo pude percibir viven en el Camino y también viven de él, algo que hacen, aparentemente, con mucha dignidad.

Tuve la oportunidad de conocer y charlar con dos de ellos que me abrieron a esa realidad y que en pocas palabras consiste en que esas personas mendigan en el Camino, a la vez que caminan por él como unos peregrinos más.
Van con sus mochilas y a primera vista no se distinguen del resto de peregrinos. Yo me dí cuenta de su existencia cuando los pude ver antes o después en las puertas de las iglesias pidiendo limosna para poder comprar comida.



Uno de ellos, era un hombre mayor, muy mayor, que vi por primera vez en la puerta de la iglesia de Rabanal del Camino, pidiendo limosna a los peregrinos que entraban a la misa.
Después, me lo volví a encontrar en el comedor del albergue y compartimos mesa. El hombre me dijo que tenía 82 años, era de origen húngaro y había salido de su país hacía muchos años, huyendo de la miseria en él existente. No tenía familia o su familia se había desatendido de él. 
Al preguntarle sobre cómo era su vida me contó que él vivía en el Camino y que iba a los albergues donde le daban alojamiento gratuito y que, por desgracia, cada vez eran menos. Comía de lo que le ofrecían en los albergues y de lo que podía recaudar pidiendo. 
Quise invitarlo a comer de lo que había hecho para cenar, pero muy educadamente me lo agradeció y me dijo que no, que llevada unos días con problemas en el estómago y se dispuso a cenar solamente una extraña sopa que se había preparado.
Después, ya no volví a verlo más.


Al otro mendigo lo vi en la Iglesia Parroquial de Palas de Rei. 
Estaba sentado en el escalón de la puerta de entrada pidiendo para comer a los peregrinos que entraban a la misma. 
Me llamó la atención, porque al otro lado del escalón tenía su mochila cubierta por su funda impermeable, ya que esa tarde una tormentosa lluvia había hecho su aparición y atado a la mochila con una sencilla cuerda había un pequeño perrito de color canela, que permanecía tumbado y medio adormilado.
El peregrino mendigo de Madagascar con su fiel perro Amigo.
Al verlo, me agaché a acariciarlo, ya que me recordaba a mi Balto, salvo por el color. El animal levantó ligeramente la cabeza, me miró y acto seguido siguió con lo suyo que era dormir.
El hombre me sonrió y me dijo:
- Te gusta mi Amigo. 
- Pues sí, yo tengo una perrilla parecida, pero de color negro.
- Este perro va conmigo de compañero y se llama Amigo.
- ¡Ah, que buen nombre le has puesto!, le dije yo.
Me detuve un momento y él siguió con la cara sonriente diciéndome:
- Yo también voy haciendo el Camino con mi Amigo. Mañana voy hacia Portomarín.
- ¡Ajá, vas haciendo el Camino al revés!
- Si, ya llevo muchos años haciéndolo.
- ¿Y eso? ¿Tú de dónde eres?
- Soy de Madagascar, y por circunstancias de la vida hice la promesa de hacer el Camino durante 33 veces, ida y vuelta.
Yo lo miré alucinado y apostilló:
- Ya llevo 22 veces consecutivas y cuando acabe esta vuelta que hago ahora será la de 23. Yo vivo en el Camino y en él quiero morir. Cuando cumpla mi promesa, lo que yo deseo es quedarme en algún albergue como hospitalero para cuidar y ayudar a los peregrinos. 
Me quede muy impresionado, le dí una limosna que me pareció al poco rato ridícula y él me dió las gracias sonriendo. 
Acaricié por última vez a Amigo.
Ya no volví a verlo más.

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Buen Camino