martes, 7 de julio de 2015

Crónicas del Camino Francés 2015 - 9: Los últimos kms a Santiago


Todo tiene un principio y un final.
El Camino también, aunque realmente el Camino jamás termina.
La diferencia está en que uno es parte de un Camino que se renueva en sus peregrinos ya que constantemente hay alguien que está recorriéndolo sea la hora que sea, en cualquier época del año, por lo cual, el Camino en si continúa su existencia en el ser de otros peregrinos.

Hace ya algunos Caminos acuñé una frase a modo de pensamiento que resume el trasfondo de las afirmaciones anteriores: "Seguir huellas ancestrales abruma y pacifica a un tiempo."
Cuando empiezas a pedalear o a andar en un Camino, personalmente me invade una sensación de vértigo agobiante, mezcla de miedo e incertidumbre por lo que podrá pasar o por lo que tenga que venir, aunque al poco tiempo el pensar que el Camino ha sido, es y será recorrido por miles y miles de peregrinos, me genera tranquilidad y me pacifica el espíritu temeroso e inquieto.


En esta ocasión, llegar a Sarria para mí significó el sentir Santiago cerca, la meta a mano, a pesar de que aún faltan más de 100 kms. Comparar lo andado con lo que queda es lo que amplifica esa sensación de cercanía.
Fueron unas etapas tranquilas, reposadas, con buen tiempo, también ya conocidas de otras veces, lo que me permitió disfrutarlas intensamente y paladear las pisadas como algo exquisito.

Estos tramos finales me permitieron acercarme a peregrinos veteranos que habían venido acompañando mi caminar durante mucho tiempo y kilómetros, de modo que éramos, a estas alturas, como una familia.
Es el caso de la pareja de jóvenes Pablo y José María, así como los no tan jóvenes Rosa y Santiago de Sabiñánigo.

José María, Pablo, Santiago, Rosa y Luis
Pablo y José María, dos jóvenes llenos de gran vitalidad son totalmente diferentes. Pablo bajito, rubio y fornido, charlatán, nervioso y extrovertido. José María alto, moreno, espigado, fibroso, callado, tímido e introvertido. Vamos la complementaria pareja perfecta. Se llevaban divinamente, aunque la voz cantante siempre la llevaba Pablo, al menos aparentemente.
Con quien más hablé y quien más cosas me contó de su vida y milagros, fué Pablo, ya que José María, llevado por su timidez apenas abría la boca.
No tengo claro en cuál de las últimas etapas fue cuando delante de nosotros encontramos a la simpar pareja, con un Pablo totalmente nervioso y a trompicones nos preguntaba que si habíamos visto su cartera, que la había perdido con todo el dinero, documentación y tarjetas. Vamos un auténtico desastre. El pobre no sabía que hacer ni a donde acudir, agobiado e indeciso. La verdad es que la situación era bastante problemática.
Recordaba que la última vez la había usado fue para pagar en un bar del Camino y que hasta el momento no la había echado de menos.
Pensamos en la Guardia Civil, llamar al bar y al final optó por lo más sensato, dejarnos su mochilona y volver atrás dispuesto a llegar a la carrera al bar e ir preguntando a los peregrinos. La situación era bastante agobiante para todos.
Nos dispusimos a esperar su vuelta junto a la mochila a la vez que a preguntar a todo el que pasaba, cuando transcurridos unos minutos vi volver a Pablo corriendo a toda prisa, con la cara iluminada y la cartera en la mano:
- ¡La he encontrado! ¡La tengo!
Una alegría indescriptible nos invadió a todos, ya que parecía que la cartera se nos había perdido a cada uno de nosotros. Nos abrazamos incrédulos de la suerte que había tenido y es que el mal rato había sido de aúpa.
Resulta que por despiste había dejado abierta la cremallera del bolsillo superior de la mochila en donde tenía por costumbre guardar la cartera y que simplemente con los movimientos del andar, se salió y cayó rodando a una pequeña acequia junto al Camino.
Por suerte, Santiago puso a una peregrina japonesa en el lugar preciso y vio todo el proceso. Ella empezó a llamar a Pablo para avisarle, pero sus gritos en japonés se ve que no llegaron a buen puerto y los colegas continuaron la marcha.
La buena mujer, seguro que a instancia del apóstol, buscó y guardó la cartera, para devolverla a su preocupado dueño en cuanto lo encontró corriendo como un descosido, de tal forma que a partir de ese instante el amigo Pablo empezó a creer algo más en los milagros como nos sucedió a todos.
Cuantos abrazos nos dimos, qué alegría tan grande sentimos.
Ellos siguieron su Camino y volví a verlos en el albergue de Pedrouso y en Monte do Gozo, después ya no nos vimos más.

Rosa y Santiago fueron los peregrinos con los que llegué a la meta del Camino.
La pareja de peregrinos de Sabiñánigo, Rosa y Santiago, fueron los peregrinos con los que caminé hasta el final, con los que llegué al Obradoiro en Santiago, con los que fuí a abrazar al Apóstol y a visitar su tumba, de tal forma que eso crea conexión y vínculo, sin olvidar el gran almuerzo en Casa Manuel y el reposado café en Plaza Quintana. Rosa y Santiago también me acompañaron hasta la Estación de Autobuses, en donde nos dimos el abrazo final de despedida y es que la separación costaba trabajo. 
Nos habíamos ido encontrando en multitud de albergues y de lugares, nos saludábamos y nos conocíamos, hablábamos con bastante asiduidad, pero fue en estás últimas etapas en donde llegamos a andar más rato juntos y por ende a conocernos y a compenetrarnos mejor.
Una pareja entrañable con la que llegué a conectar estupendamente y con la que se han creado unos lazos de amistad que sin duda nos permitirán el reencuentro sea donde sea: Sabiñánigo o Villanueva Mesía. Seguro que sí.

Y termino esta entrada mandando al Camino un fuerte abrazo fraternal y afectuoso, a todos y cada uno de los peregrinos con los que de una forma u otra conviví en estos inolvidables 30 días, en el convencimiento de que ellos forman parte de la experiencia personal que he tenido la suerte de vivir. 
Seguro que el tiempo irá desdibujando las caras, los nombres, las personas, pero yo al menos he procurado con todas estas entradas en mi blog dejar mis recuerdos a buen recaudo. 
Cuando necesite recordar, siempre tendré un lugar a dónde recurrir.



Por siempre y para siempre: ¡Buen Camino!

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Buen Camino