miércoles, 29 de julio de 2009

- Día 22: Sarria a Portomarín (21 kms).

Etapa muy bonita que nos ha permitido adentrarnos de lleno, en los paisajes típicos de Galicia.
La dureza del Camino la han puesto el viento y sobre todo la lluvia.
Alrededor de las 8 de la mañana, empezamos el recorrido por las calles de Sarria, que pronto nos llevan hasta el frondoso bosque mezcla de robles, eucaliptos y helechos, que se alternan con extensos prados donde tranquilamente pastan las manadas de vacas.
Hemos llegado al Albergue Ferramenteira en Portomarín en torno a las 14:30 horas. Total 6 horas y media con descansos incluidos, y de ellas, las últimas 5 horas de lluvia continuada.

En Ferreiros, totalmente empapados, hicimos la gran parada con exquisito caldo gallego y bocata incluido, lo que nos dió la vida y nos hizo recuperar las fuerzas de una forma espectacular. Allí compramos la capa para la lluvia que se convertiría en nuestra gran compañera. Esta capa se ha constituido en una gran compra, ya que tapa hasta la mochila y este dia fue bautizada con abundantísima agua, recibiendo el nombre de "Capa de Santiago".

La entrada a Portomarín, atravesando bajo la lluvia el puente sobre el Embalse de Belesar, es de esas imágenes que se quedan grabadas en el recuerdo de forma indeleble.

El Albergue Ferramenteira (9 euros) dispone de unas instalaciones excelentes, amplio, limpio, nuevo, acogedor y con toda clase de servicios, tiene una situación privilegiada hacia el Rio Miño, ofreciendo unas panorámicas espectaculares que bajo la lluvia nos hacen pensar en lo bien que viene el disponer de un buen techo para pasar la noche.

La imagen impactante de la jornada, la huella que deja el Camino en el recuerdo de este primer dia, ocurrió cuando pasábamos junto a una típica casa de campo, hecha de pizarra, en las que se confunden la vivienda y el establo. De forma inesperada vimos como de forma acansinada salían y se cruzaban delante 6 o 7 vacas, algunas de ellas de tamaño espectacular, acompañadas de una abuelilla con un brazo en cabestrillo y de un abuelillo con su boina bien calada y un paraguas que colgando del cuello de la chaqueta caía sobre su espalda, previsor el buen hombre. Magistralmente, con su vara, fue conduciendo las vacas por el camino hasta que un poco más adelante se desviaron hasta un extenso prado. Nosotros tuvimos que parar para ceder el paso a "les vaques y al vaqueiro", algo que el hombre nos agradeció efusivamente, a la vez que nos preguntaba que si eramos de Madrid, sirviendo la pregunta como inicio de un breve diálogo. Al despedirse, nos deseó un Buen Camino y nos rogó que pidiéramos al Santo Santiago por él (Dionisio) y por su señora (Castora), a la vez que nos obsequiaba con una naranja a Mari y con una manzana a mí. Comprendí que esa era su comida para echar la mañana, y le dije que era suficiente con la naranja. Sin muchas ganas, se guardó la manzana en el bolsillo, para sacar a cambio una nuez que ya no pude rechazar. De nuevo nos insistió en que al llegar hasta Santiago le rogáramos por ellos, y entendimos que naranja y nuez eran como una especie de pago para que no olvidáramos su petición. Algo impresionante por su extrema sencillez y humanidad.

Esta anécdota me hizo captar de inmediato y más al referirse a personas tan mayores, lo que es y ha sido para estas personas el ver y cruzarse, dia a dia, con tanta gente de paso, algo que les ha hecho educarse en lo que he venido a denominar la Cultura del Camino, en el que el respeto ancestral, con un fuerte matiz religioso, se centra en la figura del peregrino.

1 comentario:

Ventura Varela M dijo...

Muy interesante lo que nos cuentas. Cuantos Dionisios y Castoras habrán visto a millares de peregrinos pasar por sus terruños en estos ya varios siglos de Camino de Santiago.
Me emociona pensar en esto.

Buen Camino